Parece
que nadie se ha dado cuenta de que la tecnología digital
no se puede comer. La apoteosis de lo digital, con sus millones
de ceros y unos recorriendo sofisticados cables de fibra óptica,
nos ha llenado de inmaterialidades. Las cosas aparecen representadas
en pantallas de ordenador, incluso de teléfonos móviles;
pero como si de castillos de naipes se tratara, las imágenes
digitales se derrumban con estrépito apenas con un soplido
virtual (el acto de pulsar la tecla esc). No hay nada tras esas
imágenes, tras esas pantallas: ni paisajes de verdad,
ni guerras, ni la cara de nuestros amigos, ni sexo. Todo tiende
a ser digitalizado, naturalmente también el arte. Síntoma
inequívoco de que todo va a desaparecer triturado en
ceros y unos que se desvanecerán en los cables como los
ríos que van a parar al mar. ¿Queda hueco para
las cosas de comer, de tocar, de romper, de tirar a la bolsa
de basura? ¿Hay sitio para lo analógico, para
la máquina tras cuyo cristal hay cosas que, si lo deseas,
puedes tocar, mirar, leer? Sí.
Bellamátic es una máquina expendedora de arte,
una máquina analógica, sin ceros y unos, sólo
con una raja para meter euros, para que la máquina al
instante devuelva una sutil pieza literaria, un poema objeto,
una copia de videoarte, un CD de música experimental...
Bellamátic es una máquina ideológicamente
anticuada, conceptualmente low-tech, sin representaciones virtuales.
En su interior hay cosas de verdad, ediciones paralelas creadas
por múltiples artistas y colectivos, imposibles de conseguir
por otras vías: libros de poesía, de cómic,
vídeos, música, fotocopias, maquinitas, fotos...
A Internet, que es un invento fantástico, le falta lo
que Bellamátic sí tiene: si quieres —a cambio
de unas monedas— puedes obtener al instante lo que estás
viendo tras el cristal, para que el disfrute digital de la visión
se convierta en el goce analógico de la posesión.

Portada del Catálogo de la exposición e-pron.